jueves, 14 de abril de 2011

Recuerdos que no hay que olvidar

Lucy Laura Iturbe Santillán



 Cabello blanco, símbolo de la experiencia de una persona de poco más de 70 años, barba y bigotes pronunciados, son parte de las características físicas que definían al escritor, músico y periodista Fernando Díez de Urdanivia, quien fue partícipe de la “Celebración del libro y la lectura” organizada por Difusión Cultural (DAE) y el Departamento de Lenguas (preparatoria) del Tecnológico de Monterrey. Desde 1995, por acuerdo de la UNESCO, el 23 de abril se celebra el Día Internacional del libro, ya que ese mismo día en 1616, fallecieron Cervantes, Shackespeare y Garcilaso de la Vega (Schmieg, 2007), motivo de tal celebración en la institución.
     En la entrada de la tan aclamada aula Magna del edificio Sur del Tecnológico de Monterrey, el día 11 de abril del 2011 pasada la una de la tarde, se concebía un ambiente fresco con aroma a juventud, aunque también, al principio, se sentía un contexto turbulento y de mucho ruido a la hora en que los estudiantes de entre 16 y 22 años aproximadamente tomaban asiento para ser testigos de la conferencia y  presentación del libro “Libros y Discos” de tal escritor.
     De primer momento, se hizo una pequeña semblanza sobre el autor por el profesor Luis Navarro, con la finalidad de presentarlo ante el auditorio y hacer hincapié en la figura que representa: “Nació en la ciudad de México el 28 de julio de 1932. Hizo la licenciatura de periodismo en la escuela Carlos Septién García. Ejerció esa profesión en los periódicos Excelsior, Novedades, El Heraldo de México, El Día y El Universal por más de cincuenta años. Estudió música en la Academia Palestrina. Fue maestro de literatura y ha escrito 22 libros”. Después de esa reseña le cedieron la palabra y los ahí presentes aplaudieron efusivamente.
     Se recreó una situación de confianza y candonga debido a la interacción entre él y los estudiantes: una persona de edad avanzada bromeó un poco con el público joven acerca de cuestiones que tienen que ver con la diferencia de edad y todos los presenten ríen. Y sin embargo, nos presentó una forma muy original de dar una conferencia y presentación: haciendo alusión a la música, platicó un poco sobre algunos compositores mexicanos para entrar en contexto, y de esta manera, puso en reproducción alguna melodía que identificaba a ese compositor.
     Por otro lado, a pesar de que poco a poco el invitado iba tomando cada vez más confianza con su público, aun se escuchaban los murmullos de aquellos que se encontraban distraídos hablando de otros asuntos quizá, o de esos estudiantes que todavía se acomodaban en sus asientos.
Recuerdos que se van quedando mudos
Como se había mencionado en la semblanza que se hizo de su vida, Francisco Díez también es un conocedor de la música, y ha ido construyendo su propio baúl de recuerdos musicales. Así que para adentrar a los jóvenes en un contexto vivido por él hace ya unas cuantas notas musicales atrás, comentó acerca de Agustín Lara y de su admiración hacia él. Para ello, nos regaló un poco de su vida privada al mencionar que ese tipo de música no era tanto del agrado de sus hijos, haciendo alusión a que los gustos han cambiado. A continuación se pudo oír un fragmento de una polka corrida llamada “Las bicicletas”, grabada por la pianista mexicana Marta García.
     De pronto platicó un poco sobre Pancho Libori, cuya especialidad son los epigramas: una composición poética breve o cuarteta de un solo tema en la cual se hace burla o sátira de manera ingeniosa, con sentido del humor. Entonces, para dar un ejemplo de eso, llegó al Aula Magna un fragmento de un epigrama con un sentido también de albur, y el escritor mencionó: “Meneas mi perro querido, murió. Y aunque no lo creas, tanto tanto lo he sentido, que aun estando bien dormido, siento que me lame-Menas”. Y en consecuencia apareció un brote de risas y aplausos entre los estudiantes y los profesores presentes.
     Siguiendo con la secuencia de los recuerdos, habló un poco sobre la figura de Ignacio López Tarso, considerado uno de los grandes histriones de México. En seguida puso al oído de los ahí presentes un vals mexicano de fines del siglo XIX del autor Ángel J. Garrido. Al mismo tiempo, introdujo al auditorio en lo que es parte de la literatura mexicana, y de esta manera, se pudieron escuchar dos grabaciones con voz en off, una llamada “Interview”, de Juan José Arreola quien, como lo mencionó el señor Díez, fue su primer amigo literario a la edad de once años.
     Por otro lado, de repente se percibió un aroma a distracción y, como todo buen estudiante (en su mayoría eran jóvenes de la preparatoria, con sólo unas cuantas personas de la universidad, miembros del grupo de Teorías contemporáneas del periodismo), hubo quienes se distraían fácilmente o mantenían sus mentes en otro lado: algunas señoritas se mordían las uñas, otras se observaban el cabello, aunque en mayor medida había más que estaban atentos recibiendo los conocimientos de la voz de la experiencia.
     Cerca de la 1:40 de la tarde se empezó a escuchar “El monje extraño”, leído por la vos de Herácleo Cepeda, un cuentista chiapaneco. De igual forma las mujeres también se hicieron presentes dentro del repertorio de “Libros y discos”, y para demostrarlo, el autor habló un poco acerca de la poetiza María Teresa Antuiña, y a continuación, se pudo escuchar una narración de un poema de Sor Juana Inés de la Cruz: “Al que ingrato me deja, busco amante. Al que amante me sigue, dejo ingrata. Constante adoro a quien mi amor maltrata, maltrato a quien mi amor busca constante”.
Un recorrido por la antigua Ciudad de México
La presentación continuó por los caminos musicales de la histórica capital. Los estudiantes escucharon el “Adiós”  con notas nostálgicas en el piano de Alfredo Carrasco. Sin embargo, no todo fue perfecto en cuestiones técnicas y el inicio del paseo fue distorsionado por el gis que se produjo en una de las bocinas. Después fuimos testigos del origen de la muy conocida “Víbora de la mar”, cuyo nombre original es “El cuarteto virreinal” del compositor michoacano Miguel Bernal Jiménez, y entonces el Díez dijo “No vayan a ponerse a cantar la Víbora de la mar”.
     “¿Están listos para asombrarse?”, preguntó el periodista Fernando al auditorio, y en seguida remontó a todos los presentes en un viaje por el tiempo a través de sonidos reales de alguna calle en la capital. Esto se confirmó con el sonido que se percibía como fondo musical en esa calle producida por el cilindro u organillero. Así que de esa manera habló un poco sobre el mecanismo del mismo y dice: “Cualquier tarugo lo toca, pero no cualquiera lo carga”. En lo que concierne a los estudiantes, cuando el señor Díez preguntó sobre el autor del tema que escuchó, uno de ellos da el nombre de un compositor, pero equivocadamente, a lo que los alumnos responden con una expresión de burla.
     Casi al final de las exposiciones musicales se pudo presentir un recuerdo nostálgico con la llegada de “La golondrina”, tocada en un cilindro, del compositor Narciso Saradei. De la misma manera, también se acercó una ola que iba de atrás hacia adelante de desorden y de murmullos entre los presentes en la presentación, e inquietud probablemente porque llegara el fin.
La cultura que se va perdiendo
Como es tradición, minutos antes de dar fin a la presentación de “Libros y discos”, se abrió la sesión de preguntas al invitado. Vianey Fragoso de 23 años, estudiante de la carrera de Comunicación y medios digitales preguntó: “¿Qué libro escogería de los que ha escrito?”, a lo que el escritor respondió “Escogería todos y los echaría en el bote de la basura. Si un escritor está conforme con lo que hace, entonces está perdido”. Después comenzó a hablar acerca de algunos escritores mexicanos, como Juan Rulfo, Arreola, Cepeda, al que finalmente citó “Prefiero escribir poco que tener que avergonzarme mucho”.
     La segunda pregunta fue sobre la cultura: “¿Qué hay que hacer para no seguir perdiendo la cultura?”, la cual fue dicha por Hiram Valles de 19 años, también estudiante de la carrera de Comunicación. El escritor mencionó que mantener la cultura es una responsabilidad individual, pero también es del Estado. Y después habló sobre una anécdota no muy lejana mencionando que “En Guanajuato se respira la cultura”.
     Al término de la sesión de preguntas la gente aplaudió. Después se le dio un reconocimiento al periodista Díez en forma de agradecimiento por su participación en la semana del libro del Tecnológico de Monterrey. De la misma forma él también dio unas palabras de gratitud a su público: “Agradezco a todos por haberme permitido compartirles mi sabiduría, pero sobre todo, mi ignorancia”.
     Después de esas palabras, la alumna Anabel Vázquez de 20 años, estudiante de la licenciatura de Ciencias de la Comunicación, fue invitada por una de sus compañeras, Lucy Laura, a dar su punto de vista sobre la presentación del libro, y ella contestó: “Se me hizo muy interesante sobre todo el tema que trata de la pérdida de las tradiciones, especialmente en la música, porque ciertamente, aunque para algunas personas es molesta la música del organillero, éste representa gran parte de nuestra cultura del que todos deberíamos sentirnos orgullosos y conservarlo.
     Por último, llegaron las 2:30 de la tarde, hora de entrar a una nueva clase o de ir a comer, y poco a poco, entre comentarios, murmullo y algo de alboroto en la entrada, el Aula Magna se fue quedando vacía. De repente llegó un aroma a curiosidad de 9 estudiantes que se acercaron al rincón de la misma, al lado del periodista, para seguirlo cuestionando sobre temas culturales y algunas situaciones actuales en el país. Al final, el escritor volvió a agradecer a los últimos alumnos por su paciencia hacia él.
     Prácticamente, casi a las 3 de la tarde, las voces de esos estudiantes y de Fernando Díez se dirigieron a la salida. Se comenzó a respirar un aire más tranquilo con aroma a despedida. En ese momento las notas musicales del silencio comenzaron a invadir las paredes del Aula Magna.